jueves, 1 de diciembre de 2016

Jorge Calvetti: El Gran Gilbert



Jorge Calvetti




















 

Tras haber recorrido por Europa tantos esplendores:
la perfecta Alemania, Roma o Zurich,
en Barcelona
amigos generosos me mostraron
los recónditos lujos de Gaudí, de Picasso y Miró.
También el Barrio Chino,
donde el germen eterno de la vida enardece
más allá de lo creíble,
donde ojos humanos tienen garras
y miran
y quieren herir la vida para siempre.
Allí, en un bodegón, vi al Gran Gilbert,
un anciano procaz, de más de ochenta años,
que empolvado y pintado,
con un gran abanico de plumas
quería imitar a  una vedette.
Con esfuerzo grotesco
cantaba y ensayaba penosamente el baile
entre las carcajadas de un público dispuesto a todo,
como a la risa y al aplauso,
y que, en el colmo del escarnio,
le arrojaba flores viejas y cigarrillos encendidos
que él agradecía con inclinaciones y saludos reverentes.
Con inmensa amargura (puedo decirlo ahora)
asistí al espectáculo tristísimo
como en una sombría alucinación.
Porque detrás del abanico, entre el humo y los gritos,
yo veía a alguien que no me era extraño
y a quien reconocía vagamente.
Hoy tengo la certeza de que aquella noche,
hasta ese sótano bohemio me condujo el destino,
porque allí, como ante una ventana que diera
                   al otro mundo
o a una ignorada realidad más alta,
pude entrever esta verdad:
también nuestra vieja   alma, amigos,
pintarrajeada y empolvada, disimula lo que es,
y vestida de buenas intenciones
quiere mostrar una apariencia  de belleza.
No la vemos,
por eso nadie ríe, ni se burla, ni aplaude.
pero un día, como en aquella mágica bodega,
nos veremos las almas tal cual son:

tétricos fantasmas  que agradecen la vida
haciendo reverencias, solemnes reverencias,
hasta que Alguien, ¡quién sabe desde dónde!
diga basta
y haga caer el telón.

Jorge Calvetti (S.S. Jujuy, 1916-Buenos Aires, 2002).




Alejandro Nicotra: 3 Poemas




Alejandro Nicotra












 



Hogueras de San Juan
                                 

Parecido al invierno,
el hombre vuelve a reunir sus palabras
al pie de la noche:
caído amor, que arderá en fuego inútil;
y sin embargo,
ahí quisiera convocar a la danza:
su mano en otras manos, y la más vasta
      ronda
de árboles y cumbres,
girando en torno
al corazón que muere.

Como otra vez
—la ceremonia es circular, incesante—
su vida se confirma y se deshace
en un cuerpo de humo.


Estos Pájaros

Como en un alba de invierno,
se buscan por las quiebras de  tu voz, niebla y árbol,
sus oscuras bandadas. Ya no sé
de dónde vienen
—ni a dónde van.
Me basta su azorado aleteo,
su trino lúgubre,
su llegada semejante a un adiós.


Golondrina

Instantánea,   
                       la ves
caer —y subir luego
como flecha que desvía su blanco:

subir,
sesgar su ala curva
sobre el Sur:

                        a un más allá
del árbol, y la cumbre,
y el ojo.


Alejandro Nicotra (Sampacho, Córdoba, 1931).



miércoles, 30 de noviembre de 2016

José Javier Sánchez: Juan Calzadilla, Poeta sin Panfleto


Juan Calzadilla














Un día te encontraré en la escritura
y ya no será un camino torcido
sino sencillamente el que conduce a ti.
Juan Calzadilla



Existe en la literatura un Sujeto que representa para la poesía contemporánea una de las voces más irreverentes, reflexivas y joviales, que da la cara por Venezuela en la literatura universal. Hay en sus poemas una savia reflexiva sobre el acto de crear, de escribir, pero sobre todas las cosas de vivir, que lo colocan al frente de los grandes poetas de los últimos cincuenta años

Este Sujeto es un "ciudadano sin fin" que armado de "tácticas de vigía" y "malos modales", con un impulso "dictado por la jauría" se ha hecho de un "manual para inconformistas" para desde allí gestar "principios de urbanidad" que séan "corpolario" para un "libro de las poéticas".

Tienes razón lector se trata de Juan Calzadilla, nacido en Altagracia de Orituco en 1931, lugar donde pasó los primeros años de su vida y donde gestó la poética de sus “primeros poemas”.

Después llega a Caracas y esta ciudad se convertirá para el poeta en, espacio de grandes batallas, de lucha constante, donde vivirá la furia y atropello político, social, cultural, y en territorio donde libró su primera confrontación contra el poder establecido desde la dictadura de Marcos Pérez Jiménez, que le costaría pasar un corto e intenso periodo de tiempo en la cárcel.

Eso lo lleva en un primer momento a regresar a su Altagracia, para nuevamente volver a Caracas mucho más vigorizado, con una propuesta poética y artística cargada de un lenguaje más universal y renovador.

Desde ese momento comenzará el poeta una profunda indagación del mundo urbano, no para exaltarlo sino, al contrario de ello, para denunciarlo, confrontarlo, radiografiarlo, no desde la admiración sino desde la denuncia.

Juan Calzadilla le paga a la ciudad con la misma moneda. Es el hombre silvestre de Marc de Civierre en las avenidas, en las esquinas, en los basureros, en los jardines públicos, en las oficinas de gobierno; frente al tráfico y las bocinas. en el encierro del apartamento, apresado en el centro de una metrópoli, que bien podría ser Caracas, New York, París, Berlín, Buenos Aires, Sao Paolo, Medellín, Roma o Atenas.

A todos esos universos, el poeta se limita o se universaliza a llamarlos Ciudad y con esa pa la bra las nombra a todas y con la pa la bra Ciudadano nos nombra a todos, nos incluye a todos para ser parte del poema, de su paisaje, de su acción, de su reflexión.

Esa misma confrontación con la ciudad la tiene contra el poder establecido, contra la tiranía, contra el abuso de la democracia representativa y el terror de los primeros años del pacto de Punto Fijo. Como protagonista activo del movimiento artístico y revolucionario El Techo de la Ballena, confrontó desde las artes plásticas y la literatura el régimen de Betancourt y la represión que estos gobiernos aplicaron a la izquierda y a los movimientos socioculturales. Allí su poética se carga de una estética que denuncia a un sistema político representado en gran parte de su poesía por la metáfora: Ciudad.

Su poesía para nada es estática ni contemplativa. Una constante jungiana modela el poema en un tono de experiencias, móviles y explosivas, que lo hacen un aforismo certero. Su rol de creador no somete al poema a un corsé métrico, rítmico o rímico. Su poesía tiene alas, patas, pies, ancas; se desplaza en transporte público, en motocicleta, en descapotado; se echa a caminar por bulevares; usa lentes oscuros; corteja a mujeres hermosas, pero sobre todas las cosas, es una poesía que muy bien sabe acompañar, empujar, dar impulso revolucionario a los movimientos poéticos del mundo.

Él es varios ejemplos de un solo ejemplar. El oficio es una de sus grandes virtudes. Escribe siempre, es una reflexión constante que hace del acto de creación un registro reflexivo de la realidad. El humor en su escritura es de altísima seriedad. Es un gran pensador, que no solo observa la realidad, el medioambiente, la arquitectura, la escultura, la dinámica y estéticas de la ciudad. También los interroga, los cuestiona, los enfrenta. Observa a los ciudadanos, a las gentes, buenas, malas, onerosas, rectas, esquematizadas, liberales y en ese ejercicio se observa a sí mismo.

Él es su propio juez, su propio Dios y su verdugo. No necesita mayor crítico o abogado. Para Juan Calzadilla la creación es un ejercicio de libertad. Las palabras están en todos los espacios. El lenguaje no solo dice, el lenguaje habla, dibuja, pinta, escribe, el lenguaje reflexiona en sí mismo. El lenguaje y él están más allá del lenguaje. Ambos contemplan, construyen, edifican y golpean el mundo.

Juan Calzadilla es un maestro que le fascina el libre ejercicio de invitar a escribir, él no se centra y concentra en formar poetas. Su poética como maestro radica en tender puentes, lanzar redes, abrir puertas, montar escenarios, que lleven al individuo sencilla o profundamente a escribir.

El producto final no necesariamente será un poema. Él es un militante del movimiento surrealista, de André Bretón, de Tristan Tzara. La expresividad, la escritura automática, es una constante y por ello no te asigna un corsé, para que escribas, ni para que leas. Por lo que tu experiencia en sus talleres te puede llevar a escribir, poemas, minificciones, aforismos, ensayos.

Él te ofrece un par de alas, un volante, una Harley Davidson, un monopatín, una escalera, un campo, un lienzo, un trozo de cartón. Te dará como herramienta un tizón, un escalpelo, una brocha, un pincel, un torno, un buril, un trozo de barro, un carboncillo, un lápiz de grafito, un vidrio.

Como visor te pondrá unos largavistas, unos Ray Ban , una cámara oscura, un view master, una lupa, un microscopio, para que puedas ver más allá o más acá la realidad, la psicología, la sociología, la antropología, la lingüística. Son múltiples universos a los que nos podemos aproximar desde su poesía.

El arte poética es uno de sus fuertes, porque la reflexión del cómo escribir, es una constante en él, sin que ello tenga aspiraciones de llegar a una conclusión. Al contrario es una reflexión permanente que cada día se redimensiona, se diversifica, se retroalimenta. Escribir es el resultado del pensar constante.

La filosofía, el drama, la narrativa, la crónica, la plástica, el cine, la crítica están presentes en su obra pero no compiten. Su intención no es situarse junto a Platón o Dionisio; Stanislasky o Artaud; Borges, o Cortazar; Da Vinci o Picasso; Lumiere o Kurosawa; Reverón o Bárbaro Rivas. Sencillamente es Juan Calzadilla. El Poeta. El más grande de los jóvenes. El eternamente joven.

Poeta de eternos pretextos, no tiene ningún problema con reescribir, con replantear para él sencillamente el poema evoluciona con el poeta, esa evolución es para bien. Es un escritor para el que algunos de sus poemas publicados son de igual forma bocetos  que con el tiempo serán obras de arte y leer su obra en perspectiva brinda la posibilidad de vivir junto a él, la evolución de un poema. No es un hombre de purismos ni de dogmas, es un escritor verdaderamente revolucionario. Hijo del surrealismo, nos ha permitido leer el automatismo como una reflexión permanente de ese estado inconsciente que también dice mucho de nuestro verdadero ser.

Es por ello que Juan Calzadilla siempre resulta ser un poeta novedoso. Pero la novedad de su poesía, es muestra de una actualización permanente de la conciencia, de la madurez, de la percepción, de la lectura de la realidad. Su producción no tiene que ver con el consumismo. Juan Calzadilla no escribe reggaetón.

Su irreverencia no radica en un lenguaje rebuscado, ni excesivamente experimentalista, radica en la capacidad de reflexión, en el ingenio, en la picardía, en toda la conciencia que puede concentrarse en un poema o en un verso. No hay referencias vacías, ni construcciones poéticas tomadas por los pelos. Hay alquimia y a la vez arquitectura escritural en cada poema, producto de profundas reflexiones. Con una carga semántica capaz de transmitir las más profundas intensidades, tensiones, humor, dolor, pasión, deseo.

Nuestro Jovén Poeta bebe una cerveza con Juan Manuel Roca, dialoga con Jorge Enrique Adoum, denuncia con Juan Gelman, combate con Roque Dalton, revoluciona con Nicanor Parra y en esa misma dimensión se pasea por todo el territorio venezolano y lee y escribe poesía con Franklin Fernández, Luis Ernesto Gómez, Roger Herrera, Andrés Urdaneta, Vanessa González, Lennis Pérez, Víctor Manuel Pinto, Beira Lisboa, Ximena Benítez, Xoralys Alva, con este humilde poeta.
  
En Coro y en Mérida tuve la suerte de verlo leer junto a nuestro Ramón Palomares, en Caracas junto a Gustavo Pereira, en Zulia junto al grandioso Blás Perozo Naveda. Juan te brindado el privilegio de acompañarnos en  el taller que dictaramos en Monte Ávila Editores Latinoamericana y en Biblioteca Ayacucho, para luego invitarnos a compartir clases en su taller de poesía experimental en el Celarg. Su propuesta común en todas las sesiones fue, es y será “hay que escribir”.

Juan Calzadilla es un poeta de infinita humildad y de un inmenso, y en esto no exagero, de un inmenso brillo, dispuesto a dar todo lo que posee como artista, porque está convencido que siempre habrá retroalimentación y crecimiento en el acto creativo lo que automáticamente lo lleva a ser un poeta sin panfleto.

Leer a Juan Calzadilla es quizá la forma más directa de aproximarnos a las vanguardias literarias de la segunda mitad del siglo XX y de lo que se está gestando, creando y produciendo en este naciente siglo XXI, pero más importante que esto, es la posibilidad de estar frente a una de las voces profundamente revolucionarias, en la estética, en la forma y el sentido de las artes venezolanas y universales.                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                         
Selección Poética

CONSEJO A LOS JÓVENES POETAS

No digas todo de un golpe,
Dilo poco a poco.
Manda al diablo la versificación y la métrica.
La impostación y la retórica.
Promedia tus necesidades de verbalización
de modo que tu discurso no resulte largo ni torpe.
El poema como el aliento debe ser corto,
y las palabras no demasiado enfáticas
para que, cuando te sientes a escribir
digas con exactitud todo lo que nunca
Llegarás a saber de las cosas.

PRÓLOGO DE LOS BASUREROS

Avanzaré sin sentir asco
ni pena ni repugnancia
largo a largo a tenderme en las gradas
de este reino donde el papel higiénico
flamea en los palcos de botellas.
Me iré a engordar los límites
en donde el cují y la rosa
se abrazan sin contrariarse
y la ciudad está en paz con sus víctimas
y no duerme desvelada
por el pico de los pájaros ebrios
que a mis sueños escarban sin prisa
y a mis expensas
aún no terminan de darse su cena.
Barranco abajo coronando los cerros de lata
con el sol retorciéndose en mi espina
encontraré hecho jirones
el hule de los sillones baratos
y veré a la carcoma
con sus huevos al hombro
entrar a los túneles del cedro.

Aquí donde al salitre por fin
los automóviles dan su brazo a torcer
y el jugo de frutas
no anda más por las ramas
y chorrea por los escalones
de la depredación.
Avanzaré entre la goma espuma y el anime
entre el poliéster y la fibra de vidrio
entre el vynil y la silicona,
marcharé avaro forrado de ropas
bamboleándome como un astronauta,
calzado con zapatos de a kilo
descenderé por las dunas de vidrios rotos
y el corcho de los desiertos.
Avanzaré a buscar lo que de ningún
modo encuentro, buscaré
lo que no se me ha perdido
entre resortes cuyos espirales
a mi paso hacen befa de mis pantalones
inflados como globos por el viento.
Subiré a los altares donde
el cobre y la porcelana
al paisaje montan guardia
y en la rosa del orín
dan a beber la gota de agua
que ya no sale por los caños.
Aquí donde el fuego no anda con rodeos
y va rápidamente al grano
como la luz en la punta del rayo.

Me iré de bruces entre los primeros
a descubrir cuanto antes
la manera de sellar con mi cuerpo
la boca de los tarros de basura.
Me iré a ver cómo en la pira del sol
por orden del instante
arden ya, de mayor a menor,
ay, todas nuestras tribulaciones


CONSEJO A LOS JÓVENES POETAS

Utiliza todo: la tapa de la alcantarilla,
la luna en el agua del retrete mirándose a solas,
la flor marchita en el pico de la manguera
del extinguidor de incendio.
No dejes nada afuera. Ni el hecho frotado con
las yemas de los dedos sobre el mostrador de vidrio.
Ni las moscas en los cubiletes de hielo
            dos noches después de la borrachera.
Ni la voz que sólo se extingue cuando apagas la radio.
Ni el portazo a medianoche frente a la calle
como boca de lobo sobre cuyo muro ciego imprimes
dando manotazos tus desafueros, tus penas
y las coces de este graffiti que blasfema.
Utiliza todo: no dejes nada afuera.

martes, 22 de noviembre de 2016

Alberto Hernández: Yolanda Pantin y su Bellas Ficciones




(900 páginas, Caracas, Venezuela



“Toda existencia parece en sí redonda”
                                                                                                                                       Jaspers

1.-
Un libro, toda la vida, esa extensión que alguien dejó correr conesta frase que una mano olvidada trazó en alguna página, “la verdad del hombre íntimo”, en este caso, la de una mujer íntima que se agrega a cada nombre, a cado objeto, al clima, a un topografía tan interior, que es afuera, porque hacer del paisaje revelación lo convierte en parte de esa intimidad como lección de tránsito, de inventario de lo que los sentimientos (los buenos y los malos) construyen y deconstruyen hasta hacerlos ver como ficción, como una ensoñación, como recuerdos de una memoria que aún toca esas cosas, se afecta con los seres que la rodearon y que aún la rodean.
Yolanda Pantin cierra un ciclo. Yolanda Pantin con “Bellas Ficciones” (Eclepsidra, Caracas 2016) despide un largo instante vital y lo coloca en un tiempo que no terminará mientras ella viva y mientras los suyos sigan siendo esas ficciones estéticas retocadas por el tiempo que no se detiene y por lo que ha quedado escrito para los lectores de ahora y después.
¿Qué mejor manera que iniciar esta conclusión con dos epígrafes en los que se avizoran los poemas que habrán de conmovernos? Uno de Eliseo Diego, otro de Antonio Gamoneda. Ambos se complementan: “¿Y qué va a ser de tus recuerdos, dime?”, pregunta el cubano. “Has dibujado el mundo en una mentira luminosa”, afirma el español.
Entonces, recuerdos y mentira, como si los primeros hayan sido sometidos a la obligación de la memoria, ese delgado hilo sobre el cual se desplazan imágenes, voces, olores, sutilezas, asperezas, sabores…recuerdos. Y la segunda, esa capa de imágenes recreadas, inventadas gracias a la memoria acumulada, a los tantos tropiezos de los tantos eventos amados y no amados. Las mentiras, las ficciones, la familia, esa fábrica de historias, de sonidos ocultos durante la noche, de silencios prolongados cuando la mañana se posa sobre los párpados.
Y no bastaron los dos poetas anteriores. Emily Dickinson también llegó de visita conla “esperanza”, en un tono infantil que tiene mucho que ver con este libro que hoy nos entrega –desde Turmero, desde Caracas, desde Dallas o desde cualquier otro lugar- Yolanda Pantin, la nómada del jardín de San Tiago de Paya.
2.-
La casa, el milagro donde habitan los recuerdos. La familia, la interventora de las mentiras, de las ficciones que hurgan en los escondites del jardín donde las palabras, los fantasmas, los sonidos fugaces de las alas de los vampiros y el aullido de los lobos revelan el terror de una “niña cazadora de gatos”. Y bajo la redonda peregrinación de los pájaros la voz que nos ocupa elabora todas estas historias, todas estas ficciones en las está contenido todo su mundo y donde “Igual a un perro tras mis huesos va mi sombra/ recorriendo los senderos que zanjé con un machete/ como quien busca adentro para abrir un cauce// Va detrás mi sombra y yo, de tonta, preocupada/ por el jadeo de su respiración”.
Un relato minificcional, un cuento corto para resumir parte de este recorrido.
El tiempo en el cuerpo de los padres. El tiempo de ellos y en ellos. Iluminados por el sol y por la mirada de quien los descifra, de quien los advierte vivos, perdido un poco el padre en ese lugar, el lugar sagrado: Paya y Turmero son el ojo del universo en la parcela donde crecen y mueren árboles, hermanos, familiares, amigos, mientras las respuestas (“Rewind”) se quedan en la voz de una radio o en la imagen detenida de la televisión.
Y desde la misma casa, patria chica inventada, patria chica de la lejana niñez y adolescencia, etapas donde la verdad no existía, ahora el país es una letanía, un latigazo de oraciones cortas, de heridas y cicatrices en el mismo sitio del cuerpo, en la misma heredad, esa dinámica que no se pierde:
“País de muertos. En el altar”.
País repetido hasta el cansancio en la voz acallada, escondida y abierta, sometida por las ganas de no leer, de quedarse quieta en el fondo de la memoria, de la imaginación, de los muertos que hablan y recorren la casa como sonámbulos.
La casa huele a reloj de pared, a la añoranza, a la niebla que pasa y ligera se marcha. Se amontona la casa en las cosas guardadas, en baúles y cajas, como las palabras.
Me permito estas licencias.
El olvido, como la llama última de una vela. El poema respira sosegadamente, como uno de esos animales que mira quien no mira con los ojos casi apagados. El perdón, el daño disuelto en el tiempo. La nada y la totalidad. Todo en esa casa o en los viajes. En las distintas casas aleatorias donde el poema fue escrito mientras la casa, la verdadera, continúa bajo el sol y la lluvia, envejeciendo.
3.-
Entretanto, los retratos hablan, los muertos susurran mientras los Pantin y los que no son los Pantin los miran e imaginan; los retocan con los recuerdos, los mismos anudados a esa acumulación de voces, siseos, leves movimientos, ensoñaciones, despertares, cantos de animales. Los retratos en nichos, en el altar, todos los muertos y los vivos juntos, con sus humores, algunos con sus nombres en el verso suspendido:

“Es mi círculo sombrío,
familiar. Son mis muertos,
y a sus líneas yo me debo,

las que dictan en mis sueños,
sus señuelos, cuando paso y
me detengo, y piden agua
y piden
fuego, los converso,,
los sosiego
y a los ojos
nos miramos sin hablar…”,

el ritmo y la musicalidad hacen sentir el dolor de la voz que pronuncia. Una voz que duele y se hace doler.
4.-
“Bellas Ficciones:

Nunca te conocí, pueblo mío,
aunque siempre tuve a bien
tus existencias

Al asombro
total, en la extrañeza,
yo renazco

entre la farmacia y la ferretería
que cubren sin saberlo
a mi casa pequeña”,

El poema del pueblo, el homenaje al espacio que no se deja de soñar, el paraíso, el jardín en un texto que descubre las calles, más allá de que no las nombre; los negocios, los mandados, las idas y venidas de la casa de campo al pueblo donde se respiraba el mismo campo.
Y el día instalado en las hojas de los árboles, en los ojos grandes de los caballos, en las aves de corral y en los pequeños animales de la imaginación. La luz del día destaca trazos de un sueño: abrir el portón a las 6 am. y salir a la mañana, descubrir la fronda, las líneas de las montañas, mientras el padre y la madre –rodeados de silencio íntimo, convocan el aroma de la tierra, el ladrido de los perros, el habla monótona de los pericos, la poética del lugar, el relato de San Tiago de Paya, a donde “vendrán otros tiempos”.
El origen, “La raíz” habla de la otra casa, de la herencia, de la sangre en la lengua sonora de un poema que “apunta al hueso” y afirma la realidad de una declaración:

“Ha muerto en mí lo literario”.

Un nuevo comienzo. Con este verso, con esta oración, Yolanda Pantín reafirma la convicción de alejarse de una escritura elaborada, alejada de todo adorno, aunque la de ella, su poesía, nunca se ha valido de artilugios. La ficción existe más allá de lo literario. La vida también es ficción, una realidad que no se borra, que se aleja sí, pero no se borra. Las lecturas, la escritura: beber en lo que está cerca de los sentidos.
Y así como ha dicho lo anterior también ha afirmado que “Lo que amamos ya es recuerdo/ y esta casa aunque está vida/ es su fantasma…”.
Es decir, el tiempo de ayer no regresa hoy. Recuerdos, los muertos que recogen sus pasos, los vivos que respiran la pesadez de la memoria. El poema es otro, será otro.
Aquí termina la primera parte de estas “ficciones”.
5.-
Cambio de clima. El poema viaja hacia otros espacios. Un texto que recorre la ciudad a través de referentes literarios, libros y títulos, tuteo con viejas lecturas, y una declaración con el librero:
“Soy una persona que escribe en versos cuando puede”.

Desde la proximidad con el lomo de tantas páginas recogidas en los anaqueles, la voz de Pantin extraña el lugar del origen, al “pasar/ las páginas de los libros sin leerlos, / a no tener tiempo, en la premura/ de recoger la casa// Dejamos atrás la juventud, la confianza/ en la poesía (que nunca tuvimos), pero/ algo que no sabemos todavía/ nos amarra el cuerpo”.
Nómada es el poema, como quien lo pronuncia. O lo borra. Como quien se declara cansada “sobre todo de la poesía/ que entrecomillada: enemiga/ ¡tout o absolutamente nada! Ahora, / ni a su constante interrogación/ ya por vicio, ni al lenguaje/ que afanosa buscaba/ debo 1 bolívar”.

Ese desapego se resume en el último verso, la ironía, el ocaso que a un corto paso después se puede leer como un aforismo: “Los prejuicios/ no me dejaban ver/ una rabia/ que no alimenta/ a la poesía”. Esta reconvención, este reclamo, no representa una intimidad límite ni ficcional: la poesía agota, cansa, y aunque alivia, no salva, se deshace con el tiempo de quien la crea.
No obstante, ella, la voz poética, no deja de nombrarla, de decirla, de acercarla en un personaje vivo, pero en tiempo pasado:
“Cuando más la necesitaba, // ella me dio alas. Yo le entregué/ algunas palabras/ para que las cuidara// Cuando pienso que me ha abandonado/ me sorprenden sus engaños. Ella me conoce. Yo voy confiada (…) Sigue con tu cuentos infantiles”.
Y se vuelve niña. Regresa al tiempo ido, a la edad otra, a su otredad, al ella misma otro.
Explana: “Un poema sigue al otro/ en una cadena/ de acontecimientos”.
Y vuelve, retorna, se hace presente frente a lo que ha sido su mundo, el que no deja de lado aunque la poesía se niegue muchas veces:
“Cuando me planto frente a los anaqueles/ de los restos de mi biblioteca/ y repaso, ociosa, los lomos de los libros, / me doy cuenta de que tuve una vida plena”. Hace un inventario, un recuento de títulos de libros, un paseo emocional. Un monólogo con nombres y apellidos, y vuelve a decirse:

“Me va a costar dejarte, / manuscrito”.
6.-
La tercera habitación de este libro: La familia ida, la que aún respira la casa. La niñez de ella y la niñez de los recién llegados, los herederos, la sangre nueva, otras tierras. La nostalgia. “Las pertenencias”: piedras, tesoros infantiles, caballos, ciervos, una fuente.
Y los tíos, los que se quedaron bajo el cielo nativo, los viajeros. Feli, la biografía de un trashumante, de un aventurero figurado en la portada de un tomo del Quijote sobre la mesa. Leslie, el soñador, entre cuentos, relatos, la poética de la inmovilidad final.
Un gato en el poema. “Las palabras para otra niña”: la ella y la otra, ella misma en la otra. Caracas y Turmero, la insistencia. El retrato de Domingo José. Y Graciela, un conejo. Eugenio, el hermano, la sonrisa y la voz de Yolanda Pantinen la de él. Guillermo, el niño que pintaba dragones: “En una de las láminas lo veo, atrevido, caminar sobre la llamarada”.
El viaje hacia atrás, a Madrid en la piel de la herencia, a “otra historia lejana”.
Poema tras poema, “verso a verso”, ella con su hermano, en “Mellizos”, el nacimiento de ambos. El recogimiento del inicio. Y otra vida, Marijí, la ternura en el lugar de un cuento feliz, la “morada” de los sueños y un instante para decir:
“El primer poema que escribí fue tu nombre malcriada/ gata de mi infancia…”
Desde la arcadia, desde el centro del mundo, Turmero decanta la “adolescencia” en “El paseo a Charallave. Nelson, José, Coquito Méndez. La cuadra/ que mediaba con las monjas/ y la lucha por el ruedo de las faldas”.
La lejanía de la niñez, una vez más. La pequeña patria perdida. Y el padre también extraviado en su edad, atravesado por un jardín y el peligro que entraña su mundo de anciano:
“Acabo de apagar la fogata/ que prendió mi papá como un niñito. Pasé un rato con la manguera echando agua. Así viene pasando. Es ley de vida. Prender y apagar las llamas”.
Mientras tanto, el azul del cielo, el tiempo corrido en una nube, en la mirada de una mujer que escribe poesía desde la ficción y las verdades.
Ahora queda la edad, los sueños y sus sobresaltos.
Bellas ficciones, unas que arden, otras que recorren la memoria y siguen viviendo en los que se lean en estas páginas.
Redonda es la existencia. ¿Un círculo se cierra?